Garras de pollo: nuestro primer ebook

Garras de pollo es un entretenido y bien escrito libro de viajes, el primero que publica su autor, Eduardo Rodríguez Angolotti, y el primero que editamos nosotros en forma de ebook. Aunque ya tenemos cierta experiencia en colaborar con autores que deciden autopublicarse, es esta la primera vez que participamos en todo el proceso hasta la publicación en una librería digital, en este caso Amazon.

 

"Escogí el tren porque había leído que los chinos se sentían felices cuando viajaban en tren". Así comienza el largo periplo que llevó a Eduardo Rodríguez a conocer ciudades y paisajes del interior de China apenas visitados por los turistas occidentales. Compartiendo asiento con ciudadanos de toda edad y condición durante meses, Eduardo construye una imagen compleja y novedosa de la China actual, con una prosa rica y cautivadora que está a la altura de las grandes crónicas viajeras que firmaron Paul Theroux, Bruce Chatwin, Colin Thubron y tantos otros escritores anglosajones. Es precisamente ese estilo clásico, detallista y documentado el que nos animó a trabajar con Eduardo Rodríguez en cuanto leímos su manuscrito. En la edición también ha colaborado Carolina Rodríguez, que se ha ocupado del diseño y maquetación de la cubierta y el interior.

 

En nuestra opinión, es un libro de una calidad poco habitual, útil para quien prepare un viaje a China y fascinante para cualquier lector interesado en el mundo en el que vive o que sienta predilección por la literatura de viajes. Quizá un párrafo del prólogo sirva para entender qué nos deparará su lectura:

"En cada trayecto hubo alguien que me explicó su historia, su problema o sus propósitos, que discutió conmigo de política o que simplemente me mostró la curiosidad que tienen los chinos por el mundo exterior. Di fe de lo que había leído. A los chinos les gustaba compartir el té y las garras de pollo en los vagones abarrotados del huoche, el 'carro de fuego' que los trasladaba a través de su inmenso país. Charlaban en los pasillos, jugaban a las cartas, se paseaban en zapatillas o simplemente se acercaban a la ventana y se quedaban mirando cómo el paisaje se transformaba ante sus ojos. Luego comprendí que esos viajes, muchas veces, no solo eran un simple trayecto laboral. También podían ser un retorno a casa, un momento de alegría tras interminables jornadas de trabajo en una ciudad ajena. No vi a casi nadie que usara el tren para hacer turismo en los tres meses que se prolongó mi periplo chino. Muchos viajeros eran comerciantes u hombres de negocios, pero también encontré a padres que volvían para ver a sus hijos, a abuelos que visitaban a sus nietos, a oficinistas que pasaban el fin de semana con su familia, a parejas de recién casados y a soldados de permiso. Comí con ellos, hablé con ellos y dormí con ellos, me enseñaron las fotos de sus parejas y de su familia y todos, o casi todos, me preguntaron mi opinión sobre China". 

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